Lacan y los objetos - V
Lacan, con Freud, considera que el comportamiento humano, además de estar regido por los instintos, también lo está por las pulsiones. A diferencia de los instintos, las pulsiones carecen de objetos predeterminados relacionándose con el pensamiento heurístico. Es por eso que el ser humano no queda encerrado en estereotipos simples de conducta como el esquema de “estímulo respuesta” (E-R) que caracteriza a los otros animales.
La articulación de la pulsión en el registro simbólico constituye lo que Lacan denomina deseo. El sujeto deseante se adscribe a la cultura, en la medida que exista un objeto “ideal” perdido, al que llama objeto a. Esta instancia mítica, perdida, es la que Lacan denomina como S1 (significante del deseo de la madre), la que se relaciona con los postulados psicoanalíticos de la lógica de la castración.
El sujeto en la medida que se adscribe la interdicción de la ley paterna, entra a la mediatez de la cultura. El objeto a se pierde, cuando intenta dar cuenta de éste, ya que al hacerlo sabe que esa instancia mítica de S1 está perdida. En ese proceso, el sujeto entra a la lógica de la castración, al dar cuenta que “existe alguien, o algo” que permite “volver” a la instancia mítica de inmediatez y de goce. Por ende, S2 sería lo que Lacan llama la Metáfora del nombre-del-padre. Un representante que permite al sujeto entrar a lo simbólico y a la cadena significante. Que intenta de por si dar sentido a ese S1 que no puede presentarse. Ese ideal perdido y causal de deseo llamado objeto a.
Es en este periodo dónde se origina el clivaje, concepto que en la teoría psicoanalítica de Jacques Lacan se refiere al efecto de la Función Paterna que separa al individuo del Deseo de la Madre. Hasta que no aparece y resulta eficaz la Función Paterna, todo infante es como un apéndice de su madre. Con el padre (o quien realmente cumpla su función) se obra una separación (tal como Freud lo describe al explicar el complejo de Edipo), es decir, se separa al infante de la madre, se le escinde de ella, tal escisión, muy precisa, muy determinante e integradora del sujeto en la sociedad, es precisamente el clivaje para Lacan.
Otro de los aportes de Lacan es la distinción que realiza entre los términos goce y deseo-placer. Aunque ambos parecen semejantes, son radicalmente distintos y tienen consecuencias muy diferentes: el término goce se refiere a las actitudes en las cuales el sujeto pierde su cuota de libertad; el término deseo asociado con el placer, en cambio, se refiere a las conductas que dejan de estar apegadas cerradamente a un objeto determinado, permitiendo al sujeto ejercer su libertad.
Freud consideró que ante la percepción de la “falta” en el otro (el deseo de la madre), el sujeto reniega de ella constituyendo un objeto sustitutivo (el fetiche), íntimamente relacionado con el goce-placer. El fetichista aparece en la serie lógica de la perversión estructural, donde psíquicamente queda constancia de la percepción, pero se reniega de ella (renegación mítica y a la vez estructural). En este sentido el fetichista no es un psicótico porque mantiene una dimensión simbólica del acontecimiento mítico. De esta manera si algo puede faltar entonces existe una lógica de presencia-ausencia. Frente a una carencia, un velo la disimula, y es precisamente ese velo el objeto que se sobrestima. Tampoco es una neurosis porque el fetiche no tiene valor de metáfora como lo tendría un síntoma neurótico sino un valor metonímico. Esta lógica de relación entre el fetiche y el falo, es independiente de cualquier analogía en el campo visual; remite a la faltante estructural simbólica, así el fetiche aparece relacionado como sustitución en una significación simbólica.
Así pues, el fetichismo es la devoción hacia los objetos materiales, por lo general se les denomina “calé”, a los que se ha denominado fetiches. Por otra parte, es considerado como una forma de creencia o práctica religiosa en la cual se considera que ciertos objetos poseen poderes mágicos o sobrenaturales y que protegen al portador o a las personas de las fuerzas naturales. Los amuletos también son considerados fetiches.
El escritor francés Charles de Brosses y otros estudiosos del siglo XVIII utilizaban el concepto de fetichismo para aplicar la teoría de la evolución a la religión, en la cual, Brosses sugirió que el fetichismo es el estado más primitivo de la religión, seguido por los estados de politeísmo y monoteísmo, representando una progresiva abstracción del pensamiento.
En el siglo XIX, filósofos como Herbert Spencer suspendieron la teoría de Brosses de que el fetichismo era la “religión original”. En el mismo siglo, antropólogos y eruditos de la religión comparativa como Edward Burnett Tylor y John Ferguson McLennan desarrollaron las teorías del animismo y el totemismo para aclarar el fetichismo.
Tylor y McLennan mantienen que el concepto del fetichismo permite a los historiadores de la religión desplazar la atención de las relaciones entre las personas y Dios a las relaciones entre las personas y los objetos materiales.
La religión Católica se ha manifestado en contra de éste tipo de prácticas, puesto que, según se afirma dentro de esta “la fe en Dios decae”, afirmación que se argumenta con la siguiente idea: “la mayoría de los que portan estos objetos poseen creencia en Dios, ponen toda su fe en ese fetiche en lugar de colocarla en Dios Omnipotente y Supremo, haciendo ver que esos materiales, mínimos y pobres en comparación a la Trinidad Santa, los cuales todos fueron hechos por la fuerza creadora de Dios, son superiores a Dios. Por tanto, la comunión entre Roma y las demás Diócesis del mundo profetizan que Él es el Todopoderoso, el único que nos protege, el único que nos salva”. Una vez más la figura del otro.


