the end
teléfonos cerrados.
Sesión dedicada a los cambios en las formas y objetivos de las actuaciones humanas tras la aparición de instrumentos de registro como la cámara fotográfica o cinematográfica.
Fotografiar y cinematografiar el momento, performance, etc., como parte fundamental del soporte artístico.
Después de la marcha del inspector, Adamsberg cogió el montón de periódicos que le habían llevado. En tres de ellos encontró lo que buscaba. El fenómeno aún no había adquirido grandes pro¬porciones en la prensa, pero estaba seguro de que ocurriría. Re¬cortó sin mucha delicadeza una pequeña columna y la puso ante él. Siempre necesitaba mucha concentración para leer, y si tenía que hacerlo en voz alta, era mucho peor. Adamsberg había sido un mal alumno, jamás había entendido bien el motivo por el que le obligaban a ir a clase, pero se había esforzado en fingir que es¬tudiaba lo más atentamente que podía para no entristecer a sus padres y, sobre todo, para que jamás descubrieran que le impor¬taba un bledo. Leyó:
¿Una broma o la manía de un filósofo de pacotilla? En cualquier caso, los círculos hechos con tiza azul siguen creciendo en la noche de la capital como la mala hierba en las aceras, empezando a desper¬tar vivamente la curiosidad de los intelectuales parisinos. Su ritmo se acelera. Sesenta y tres círculos han sido ya descubiertos, desde los primeros que fueron encontrados hace cuatro meses en el distri¬to 12. Esta nueva distracción, que adquiere el cariz de un juego de pistas, ofrece un tema de conversación inédito a todos los que no tienen otra cosa de que hablar en los cafés. Y como son muchos, al final resulta que se habla de ello en todas partes…
Adamsberg se interrumpió para bajar directamente a la firma del artículo. «Es ese cretino -murmuró-, no se puede esperar mucho de él.»
…Pronto serán ellos los que tengan el honor de encontrar un círcu¬lo delante de su puerta cuando vayan a trabajar por la mañana. Ya sea un cínico bromista o un auténtico chiflado, si le seduce la fama, el autor de los círculos azules está consiguiendo su objetivo. Es re¬pugnante, para los que dedican toda una vida a hacerse famosos, comprobar que basta un trozo de tiza y unas cuantas rondas noctur¬nas para estar a un paso de convertirse en el personaje más popular de París del año 1990. No hay la menor duda de que la televisión le invitaría para que figurara en «Los fenómenos culturales del fin del segundo milenio», si consiguieran ponerle la mano encima. El pro¬blema es que se trata de un auténtico fantasma. Aún nadie le ha sor¬prendido trazando sus grandes círculos azules en el asfalto. No lo hace todas las noches y elige cualquier barrio de París. Estamos se¬guros de que numerosos noctámbulos le buscan por el simple placer de hacerlo. Feliz cacería.
Un artículo más agudo había aparecido en un periódico de provincias.
París se enfrenta a un maníaco inofensivo.
A todo el mundo le parece divertido, pero sin embargo el hecho es curioso. Desde hace más de cuatro meses, en las noches de París, al¬guien, parece ser que un hombre, traza un gran círculo con tiza azul, de unos dos metros de diámetro, alrededor de una serie de objetos en¬contrados en la acera. Las únicas «víctimas» de esta extraña obsesión son los objetos que el personaje encierra en sus círculos, siempre un ejemplar único. Los sesenta casos que ya ha proporcionado permiten elaborar una lista singular: doce chapas de botellas de cerveza, una caja de las que se usan para transportar verduras, cuatro trombones, dos zapatos, una revista, un bolso de piel, cuatro mecheros, un pañue¬lo, una pata de paloma, un cristal de gafas, cinco agendas, un hueso de costilla de cordero, un recambio de bolígrafo, un pendiente, una caca de perro, un trozo de faro de coche, una pila, una lata de coca-cola, un alambre, un ovillo de lana, un llavero, una naranja, un tubo de Carbophos, una vomitona, un sombrero, el contenido del cenicero de un coche, dos libros (La metafísica de lo real y Cocinar sin esfuerzo), una matrícula de coche, un huevo roto, una insignia con la inscripción: «Amo a Elvis», unas pinzas de depilar, la cabeza de una muñeca, una rama de árbol, una camiseta, un rollo de fotos, un yogur de vainilla, una bombilla y un gorro de piscina. Una lista muy aburrida pero reve¬ladora de los inesperados tesoros que reservan las aceras de la ciudad al que los busca. Como el psiquiatra Rene Vercors-Laury se interesó inmediatamente por este caso intentando aportar sus luces, ahora se habla del «objeto reinspeccionado», y el hombre de los círculos se convierte en un asunto mundano en la capital, después de mandar al olvido a los taggers que deben de poner una cara muy triste al ver sus graffiti enfrentados a tan severa competencia. Todo el mundo bus¬ca sin encontrarlo cuál puede ser el impulso que anima al hombre de los círculos azules. Porque lo que más intriga es que, alrededor de cada círculo, la mano traza con una bonita letra inclinada, la de un hombre al parecer cultivado, esta frase que hunde a los psicólogos en un abis¬mo de preguntas: «Víctor, mala suerte, ¿qué haces fuera?».
Una foto muy mala ilustraba el texto.
El tercer artículo, por último, era menos preciso y muy corto, pero señalaba el descubrimiento de la noche anterior, en la Rué Caulaincourt: dentro del gran círculo azul se encontraba un ra¬tón muerto, y alrededor del círculo aparecía escrito, como siem¬pre: «Víctor, mala suerte, ¿qué haces fuera?».
Adamsberg puso mala cara. Era exactamente lo que sospechaba.
Metió los artículos bajo el pie de la lámpara y decidió que te¬nía hambre aunque no sabía qué hora era.
El comisario Jean-Baptiste Adamsberg sigue la pista en todos los periódicos, siente que el misterio de los círculos no acabará aquí y que pronto el mal augurio que llevan consigo acabará en algo peor. Un día el cadáver de una mujer degollada en el centro de uno de los círculos le dará la razón, la primera víctima Madelaine Chatelain, soltera sin demasiada variedad ni nada significativo en su vida, aparentemente una muerte sin sentido.
El inspector Danglard ayudará a su nuevo jefe a llevar la investigación sobre `el hombre de los círculos azules`. Pueden sospechar por los indicios en un solo autor de los hechos ya que el cadáver no mancha con su sangre, ni roza la línea de tiza azul, demasiada casualidad. Danglard está al cargo de sus hijos y de uno más que le ha entregado su mujer como `regalo` de otro hombre, su consuelo es su familia o lo que queda de ella y la botella de alcohol que no puede faltar a diario, aun así es una buena persona y Adamsberg lo sabe.
Aquí encontraréis la conversación sobre la memoria implantada y el souvenir
http://web.ftapies.com/wp/wordpress/?p=168
J.
A. Fotografiando arte, el arte como fotografiar:
Los archivos de Angel Ferrant
Las imágenes de intervenciones de Richard Long
La gestión de la memoria, del arte en éste caso
B. Objetos en la ciencia ficción: Total Recall Blade Runner The Sleeper Demolition Man Memento