Conclusión - “El suvenir y yo”
“Los souvenirs son símbolos de un determinado estatus, a pesar de que sean los símbolos más horteras del mundo” Robert Thomson, profesor de la cultura pop en la Universidad de Syracusa, en Estados Unidos.
El suvenir es, hablando en el sentido más amplio de la palabra, un gasto inútil a la hora de viajar, pero con una potente capacidad simbólica creado por la persona que lo compra. De esta manera el suvenir se ha convertido en un elemento omnipresente en nuestro imaginario colectivo. Su presencia va más allá del viaje y se ha incorporado de lleno en el paisaje objetual de la mayoría de hogares. Resulta difícil entrar en casa de alguna persona, amiga o conocida y no encontrar algún recuerdo de un viaje. Son objetos que encierran toda una historia, y a menudo tan solo acercarte a ellos hace que sus propietarios nos la expliquen en todo detalle sobre ese viaje que hicieron algún tiempo atrás. El suvenir turístico presenta un mecanismo bastante simple: reducir la complejidad de un lugar (país, ciudad, entorno natural, pueblo u obra arquitectónica) a iconos fácilmente identificables. Asimismo, la globalización que ha supuesto el turismo ha generado una especie de conocimiento universal. Aunque no hayamos viajado mucho, podríamos enumerar fácilmente iconos casi de cualquier lugar del mundo.
La gigantesca cantidad de suvenires fáciles, recurrentes y tópicos llena tiendas de recuerdos y paradas junto a edificios “de visita obligada”. Por otra parte, existen numerosas tiendas pequeñas que venden objetos procedentes de la tradición local, muchas veces con una clara intención de apostar por el diseño de calidad, a menudo con sentido del humor. Los clientes de estos suvenires no se sienten cómodos con los tópicos y típicos suvenires y buscan algo que no les haga sentirse “turistas”. La suya es una actitud culta no exenta de cierto elitismo. Sin embargo, al fin y al cabo la función fetichista del suvenir se da de forma muy similar en ambos casos. Ya sea la figura de plástico extravagante y fea o el poema objeto, el propósito es la evocación de la experiencia vivida, del viaje realizado o del familiar o amigo que se ha acordado de nosotros cuando estaba lejos. No se trata, por lo tanto, de realizar juicios de valor entre bueno y malo, entre auténtico y falso, entre alta y baja cultura, sino de analizar cómo afecta a la reducción de complejidad y a la tendencia a generar iconos unívocos.
Cómo ya había comentado en un post anterior (El ¿Por qué? de los suvenires), analizando el suvenir estamos al mismo tiempo analizando a los turistas, ya que cada vez más los suvenires están pensados para dar respuesta a las expectativas de los compradores, más que para reflejar la realidad del lugar ‘suvenizado’. Este fenómeno lo vemos reflejado en el documental de Cannibal Tours, de Dennis O’rourke, 1988 que refleja muy bien el impacto que tienen los turistas sobre los nativos y sobre la forma en que ellos viven. La tribu en Nueva Guinea se adapta completamente a los deseos de los turistas, de una manera que rituales que eran de sus antepasados reviven y los recuerdos vendidos se adaptan a la mirada anticuada de los turistas occidentales. Esta mirada es una mirada saturada de toda la literatura y películas de viajes y aventuras que son paradigma en que enmarca un conocimiento del medio natural, salvaje y del hombre primitivo. Aun qué la reflexión que surge de la visión y el discurso del nativo deriva hacia otros temas: el colonialismo, la aculturación, la globalización, la independencia política y económica.
Este documental subraya la idea de que los suvenires son por sí mismos un material muy interesante, pero a la vez son síntoma de otros aspectos del turismo y de nosotros mismos, como individuos, como sociedad y como ciudad turística. Vemos como el azar, la superficialidad, lo epidérmico o artificial puede acabar constituyendo una realidad histórica. Por ello, en algunos momentos nos apoyaremos en anécdotas o historias minúsculas como síntoma o expresión de aspectos que nos interesa estudiar.
Globalmente los suvenires tienden a adaptarse a las visiones genéricas de los turistas, pero quedaría por saber por qué algunas de estos suvenires e historias de un país o ciudad han triunfado y otras no. Por qué, por ejemplo, la pizza es un icono mundialmente conocido y la coca de recapte sigue siendo ultralocal; por qué los sombreros mexicanos han sobrevivido como suvenir de Barcelona sin ningún vínculo real o por qué ha cuajado el burro catalán y no el perro pastor catalán.
No podemos abordar el tema desde visiones únicamente científicas o de marketing. Las dinámicas turísticas, aunque trabajadas por los operadores turísticos como productos cerrados, son, en el mejor de los casos, un juego de probabilidades. Lo único irreducible es su capacidad narrativa. Ahora que los expertos en publicidad hablan de storytelling, podemos analizar los suvenires en este sentido y veremos que todo suvenir contiene una historia. Ya sea interesante o reiterativo, oculto o comprado, kitsch o natural, todos los suvenires contienen una narración si no en su origen, sí en su viaje desde la tienda, la parada o el vendedor hasta nuestra casa.
El suvenir tiene la capacidad de redibujar los recuerdos, y es esto lo que lo hace tan excitante y real pero a la vez tan inmaterial, ya que su presencia sólo evoca un recuerdo lejano de un viaje.

















