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Conclusión - “El suvenir y yo”

Junio 3rd, 2010

“Los souvenirs son símbolos de un determinado estatus, a pesar de que sean los símbolos más horteras del mundo” Robert Thomson, profesor de la cultura pop en la Universidad de Syracusa, en Estados Unidos.

El suvenir es, hablando en el sentido más amplio de la palabra, un gasto inútil a la hora de viajar, pero con una potente capacidad simbólica creado por la persona que lo compra. De esta manera el suvenir se ha convertido en un elemento omnipresente en nuestro imaginario colectivo. Su presencia va más allá del viaje y se ha incorporado de lleno en el paisaje objetual de la mayoría de hogares. Resulta difícil entrar en casa de alguna persona, amiga o conocida y no encontrar algún recuerdo de un viaje. Son objetos que encierran toda una historia, y a menudo tan solo acercarte a ellos hace que sus propietarios nos la expliquen en todo detalle sobre ese viaje que hicieron algún tiempo atrás. El suvenir turístico presenta un mecanismo bastante simple: reducir la complejidad de un lugar (país, ciudad, entorno natural, pueblo u obra arquitectónica) a iconos fácilmente identificables. Asimismo, la globalización que ha supuesto el turismo ha generado una especie de conocimiento universal. Aunque no hayamos viajado mucho, podríamos enumerar fácilmente iconos casi de cualquier lugar del mundo.

La gigantesca cantidad de suvenires fáciles, recurrentes y tópicos llena tiendas de recuerdos y paradas junto a edificios “de visita obligada”. Por otra parte, existen numerosas tiendas pequeñas que venden objetos procedentes de la tradición local, muchas veces con una clara intención de apostar por el diseño de calidad, a menudo con sentido del humor. Los clientes de estos suvenires no se sienten cómodos con los tópicos y típicos suvenires y buscan algo que no les haga sentirse “turistas”. La suya es una actitud culta no exenta de cierto elitismo. Sin embargo, al fin y al cabo la función fetichista del suvenir se da de forma muy similar en ambos casos. Ya sea la figura de plástico extravagante y fea o el poema objeto, el propósito es la evocación de la experiencia vivida, del viaje realizado o del familiar o amigo que se ha acordado de nosotros cuando estaba lejos. No se trata, por lo tanto, de realizar juicios de valor entre bueno y malo, entre auténtico y falso, entre alta y baja cultura, sino de analizar cómo afecta a la reducción de complejidad y a la tendencia a generar iconos unívocos.

Cómo ya había comentado en un post anterior (El ¿Por qué? de los suvenires), analizando el suvenir estamos al mismo tiempo analizando a los turistas, ya que cada vez más los suvenires están pensados para dar respuesta a las expectativas de los compradores, más que para reflejar la realidad del lugar ‘suvenizado’. Este fenómeno lo vemos reflejado en el documental de Cannibal Tours, de Dennis O’rourke, 1988 que refleja muy bien el impacto que tienen los turistas sobre los nativos y sobre la forma en que ellos viven. La tribu en Nueva Guinea se adapta completamente a los deseos de los turistas, de una manera que rituales que eran de sus antepasados reviven y los recuerdos vendidos se adaptan a la mirada anticuada de los turistas occidentales. Esta mirada es una mirada saturada de toda la literatura y películas de viajes y aventuras que son paradigma en que enmarca un conocimiento del medio natural, salvaje y del hombre primitivo. Aun qué la reflexión que surge de la visión y el discurso del nativo deriva hacia otros temas: el colonialismo, la aculturación, la globalización, la independencia política y económica.

Este documental subraya la idea de que los suvenires son por sí mismos un material muy interesante, pero a la vez son síntoma de otros aspectos del turismo y de nosotros mismos, como individuos, como sociedad y como ciudad turística. Vemos como el azar, la superficialidad, lo epidérmico o artificial puede acabar constituyendo una realidad histórica. Por ello, en algunos momentos nos apoyaremos en anécdotas o historias minúsculas como síntoma o expresión de aspectos que nos interesa estudiar.

Globalmente los suvenires tienden a adaptarse a las visiones genéricas de los turistas, pero quedaría por saber por qué algunas de estos suvenires e historias de un país o ciudad han triunfado y otras no. Por qué, por ejemplo, la pizza es un icono mundialmente conocido y la coca de recapte sigue siendo ultralocal; por qué los sombreros mexicanos han sobrevivido como suvenir de Barcelona sin ningún vínculo real o por qué ha cuajado el burro catalán y no el perro pastor catalán.

No podemos abordar el tema desde visiones únicamente científicas o de marketing. Las dinámicas turísticas, aunque trabajadas por los operadores turísticos como productos cerrados, son, en el mejor de los casos, un juego de probabilidades. Lo único irreducible es su capacidad narrativa. Ahora que los expertos en publicidad hablan de storytelling, podemos analizar los suvenires en este sentido y veremos que todo suvenir contiene una historia. Ya sea interesante o reiterativo, oculto o comprado, kitsch o natural, todos los suvenires contienen una narración si no en su origen, sí en su viaje desde la tienda, la parada o el vendedor hasta nuestra casa.

El suvenir tiene la capacidad de redibujar los recuerdos, y es esto lo que lo hace tan excitante y real pero a la vez tan inmaterial, ya que su presencia sólo evoca un recuerdo lejano de un viaje.

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El mundo en miniatura

Junio 1st, 2010

Voy a dedicar un post al significado que tienen los objetos pequeños sobre los sentimientos y la percepción de los humanos. Los suvenires tienen en sí la connotación de ser objetos de colección con poca utilidad, entonces vamos a analizar qué es lo que es tan atractivo en ellos por parte de su tamaño:

Una reducción sobre la dimensión de un objeto no produce una reducción correspondiente de la importancia; en realidad las propiedades replicados de los edificios tienen una manera atractiva ‘y linda’ de representar la realidad. El mundo minimalista y el sentimiento de auto reflexión y comprensión también están reflejadas en la compra de suvenires, y en ‘ el mundo diminuto de la infancia’.

La narración de Tom Thumb es un buen ejemplo de cómo se puede relacionar el tamaño de un objeto con una escala para que parezca más real:

Nació un niño en la casa, algún hombre ha visto un hijo así? No era más grande que la parte superior de la flor verde twayblade y, aunque perfecto en todos sus partes del cuerpo , no era posible sentir que una cosa tan ligera y suave se basaba en la mano, y su madre, cuando lo puso suavemente en la manta con la que había llenado una taza de bellota. Owen suavemente suspiró, y casi se va volando su hijo … Los primero días creció tan rápido, que pronto cambió su taza de bellota para una cáscara de nuez, y superando este de nuevo, tenía que dormir en el nido caliente del ratón de cola larga.

En este apartado de la historia y en el mundo de los suvenires vemos que la miniatura tiene la capacidad para hacer notable su contexto, sus fantásticas cualidades se relacionan con lo que hay fuera de él, de tal manera que puede llegar a transformar el contexto total. La escala es establecido por el medio de un conjunto de correspondencias a lo familiar. El mundo en miniatura se abre para revelar un secreto de la vida: la percepción de lo minúsculo es una percepción de niño pequeño, de reflexión sobre la miniatura y la realidad.

A partir de aquí llegamos a los ‘minimundos’ como puede ser ‘Cataluña en miniatura’ (Torrelles de Llobregat, España), ‘Model World’ (Wicklow, Irlanda) y ‘Mini-Europa’ (Bruselas, Bélgica). Históricamente las primeras exposiciones oficiales de la miniatura eran exposiciones de ferrocarril. A mediados del siglo XIX los ferrocarriles llegaron a ser utilizados como modelos de demostración o exhibición a escalas 1:25 o 1:30.

“El mundo en miniatura se convierte en un escenario en el que proyectamos… Deliberadamente una serie de eventos enmarcados.” Susan Stewart, On Longing

Los parques actuales no sólo replican la naturaleza, sino también el estado cultural de los edificios. En los modelos producidos, tenemos una reducción de escala y un aumento correspondiente en detalle y significado. Correspondientes, lo natural se ha movido desde el bosque hasta los árboles individuales y el parque de los árboles sintéticos, los graneros, las vacas y los agricultores del paisaje. Aún así los elementos los percibimos como reales, ya que la imaginación nos lleva más allá de lo superficial.

Hoy en día el uso de los paisajes en miniatura sigue haciendo hincapié en un deporte o juego. Campo de minigolf, la tierra de la fantasía, los parques zoológicos de los niños, los cuentos de hadas y elfos, representan lo exótico y fantástico de la escala en miniatura. La imagen que se ha producido no sólo tiene las cualidades tangibles de la realidad material sino que también sirve como una representación, una imagen, de una realidad que ni siquiera tiene que existir físicamente. La referencia aquí es a menudo lo fantástico, pero se da ‘vida’ a lo fantástico a través de la miniaturización. Aunque no podemos miniaturizar lo que no ha sido material en primer lugar, podemos relacionar lo imaginario con lo real. Por ejemplo, el unicornio en miniatura es un suvenir bastante habitual en un parque de este estilo, y debemos suponer que la escala será ficticia: ‘unicornio en miniatura’. Los paisajes en miniatura de los parques de atracciones son domesticados por la fantasía y ofrecen al visitante una vista en miniatura de los edificios y paisajes famosos. Estos parques marcan el paisaje como alusiones nostálgicas.

La creación de estos mundos en miniatura tiene como fin dar al visitante la sensación de haber visto lo más importante de la ciudad, país o continente. Hoy en día hay muchos diferentes lugares para visitar estas ciudades en miniatura, lo interesante es que existen en muchos diversos materiales: piedra, cartón, madera, incluso Lego y palillos de dientes. Estos mundos son en cierto modo, una colección de suvenires, donde lo importante es recordarse de la visita en el “Miniland”.

“La miniatura, vinculados a las versiones nostálgicas de la infancia y la historia, presenta una versión diminuta y manipulable de experiencias, una versión que se domestica y protege de la contaminación.” Susan Stewart, On Longing

Fuentes de información:

http://theminiatureworldsshow.co.uk/statement.html

On longing, Narratives of the miniature, the gigantic, the souvenir, the collection, Susan Stewart (http://books.google.es/books)

http://foto.microsiervos.com/arte/ciudad-en-miniatura.html

http://www.minieurope.com/ca/index.html

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La polémica de un “suvenir” – BLACK AND WHITE: Carlos Pazos

Junio 1st, 2010

En la exposición de Barcelona <Efecto suvenir. Fetiches de viaje, más allá de los tópicos> mencionado en el post anterior se expuso una figura que ahora se ha convertido en un símbolo más de Barcelona, es la estatua de Carlos Pazos: BLACK AND WHITE. Una estatua pequeña de la Virgen de Montserrat con Copito de Nieve en sus brazos (en vez de la imagen del niño Jesús). Creó en 1984 un collage que respondía a una petición del Ayuntamiento, que buscaba una imagen para promocionar la candidatura de la ciudad a los Juegos Olímpicos de 1992, pero fue rechazado por la gran polémica que suscitó. Este icono que en su momento creó tanta discusión se ha convertido en un metasuvenir.

Aquí haré un punto a parte para explicaros lo que se considera un metasuvenir:

Los metasuvenirs rompen con el mecanismo del suvenir tradicional como a nexo entre lo ordinario y lo extraordinario. Es decir, a menudo el suvenir es un puente entre la cotidianidad que el turista tiene antes y después del viaje, con ese corto periodo vacacional donde todo es excepcional. Si uno de los valores narrativos del suvenir clásico es mantener la ilusión de esa excepción a la monotonía una vez hemos regresado a ella, el metasuvenir establece nuevas reglas. Quizás lo excepcional puede ser lo domestico, y lo cansino y burocrático, el periplo vacacional.

Juntamente con el planteamiento de negar el supuesto paraíso turístico esta la posibilidad de reflexionar sobre los iconos de un lugar, de una cultura, de un país. A través de un objeto supuestamente inocente se puede hacer arte político con cargas de profundidad a paradigmas intocables. Monumentos militares usados de limpia uñas, artistas convertidos en “action mans” o la virgen de Montserrat sosteniendo a Copito de Nieve a modo de niño Jesús.

 

La opinión misma de Carlos Pazos es bastante neutral considerando que su pieza creó tanta discusión.

En una entrevista con El País comentó el tema de suvenires y la relación con sus creaciones:

P. Se ha dicho que su obra tiene un punto kitsch.

R. Nada más lejos. Aunque hay ensayos anteriores, el kitsch es una palabrota que se puso de moda en los años sesenta con el famoso libro de Gillo Dorfles, Kitsch. Antología del mal gusto. Me parece una prepotencia. ¿Cómo decides que es de buen o mal gusto? Es algo que decide el poder para distanciarse de la gente. La cosa más horrible del mundo para mí es la ópera, eso sí que es kitsch, pero el poder y las clases dominantes deciden que esto o aquello es bueno. El kitsch en el arte, en el sentido del diccionario, esto es, la basura, tiene que ver con una actitud, la del artista cuando se cree Dios.

P. Sus piezas son poco complacientes y hasta demoledoras con el mundo. ¿Busca la crítica?

R. No hago piezas para criticar nada. Tengo opiniones como persona, pero nunca las traslado a mis obras. Es verdad que hay un punto irónico y un espíritu crítico respecto a todo, pero no son panfletos. En ningún momento he pretendido hacer una crítica directa de nada, pero sí manifestar, en mis piezas, que me siento incómodo con casi todo.

 

Los suvenires que se pueden comprar o que se compran en las tiendas de suvenires tienen un carácter más habitual, con la representación de los edificios o lugares más conocidos y visitados por los turistas. Los turistas a la hora de comprar un suvenir siguiendo unos tópicos que ha creado la sociedad. Ciertamente, todo parece indicar que el turista es uno de los principales actores de la sociedad contemporánea y que el suvenir es su correlato material más prominente. Pero quizá sea al revés, quizá sea el suvenir -como uno de los principales actores del consumo turístico- el que constituya al turista que lo compra y lo consume.

 

Al crear una nueva figura como intención de representación del país, Carlos Pazos ha establecido un icono internacionalmente reconocible. Aún así la popularidad de este sólo ha aumentado en cuestión a un símbolo que representa Barcelona pero no como objeto turístico. De esta manera podemos ver que los turistas se rigen más por las reglas de lo ya conocido sin intención de adaptación a lo más extravagante, ya que no es lo más reconocible y representativo de la ciudad o del país.

Fuentes de información:

http://www.phedigital.com/index.php?sec=noticia&id=222

http://www.elpais.com/articulo/arte/estudio/barras/bares/elpepuculbab/20070317elpbabart_1/Tes

http://www.dhub-bcn.cat/es/agenda/fitxa/13

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El suvenir como arte II

Junio 1st, 2010

Después de hablar de un artista que utiliza los suvenires como “reemplazo” de una realidad cultural, llegamos a exposiciones en museos que elevan el suvenir a un nivel de arte aún más significativo. El arte expuesto en un museo se considera algo intocable, algo con un significado profundo y una explicación extensa. Citando a Roger Silverstone “Los objetos en un museo ya han sido controlados, conservados, clasificados y se muestran, con su presencia en el museo, para reclamar un particular estatuto único, significativo y representativo.” El suvenir tiene como “estatuto único” que se ha convertido en un mecanismo clave en nuestra sociedad, como mecanismo que tenemos para rememorar y revivir experiencias en ese periodo extraordinario de vacaciones, ha encontrado su lugar en exposiciones diversas como <souvenir, souvenir> en las Canarias, o <Efecto suvenir. Fetiches de viaje, más allá de los tópicos> en Barcelona.

 

Lo curioso de elevar el suvenir a este nivel es la reproducción en masa que existe de este objetos, aún así cada exposición tiene su porque de haber escogido el suvenir como elemento expositivo.

La exposición de <souvenir, souvenir> en Canarias enfoca la exposición desde punto de vista del turismo. Ya que el turismo es una de las prácticas culturales que caracterizan a las sociedades contemporáneas, pero el prejuicio de considerarlo como mera actividad de ocio ha minimizado el estudio de su naturaleza, alcance e impacto ocultando su carácter complejo y multidimensional.

En lugares como Canarias, en los que la industria del viaje es el principal recurso económico, no habría que justificar exposiciones sobre el turismo. En contra de esa tendencia <Souvenir, suvenir la colección de (los) turistas> se fundamenta en la oportunidad de realizar no sólo una exposición para que puedan ser visitadas por los turistas sino, desde una perspectiva más amplia, para que también los nativos se vean y reconozcan a sí mismos en su condición de turistas en su propia tierra, para que los turistas se vean vistos desde la óptica de los nativos, y para que los museos, asumiendo que viven del turismo, contribuyan a su mejor conocimiento y se conviertan en una abierta “zona de contacto” entre los diferentes agentes de esta industria. En esa línea, se toma el suvenir justamente para mostrar cómo, más allá de su aparente trivialidad, este objeto aglutina todos los trasuntos que operan en las relaciones turistas-nativos, articuladas en un vasto terreno de negociación, apropiación, adaptación y resistencia.

<Souvenir, souvenir. La colección de (los) turistas> asume, desde esa perspectiva, que los suvenires no pueden ser entendidos como creaciones de los nativos que, inspirados en su cultura, se venden a los turistas que los adquieren en tanto que condensación material de la cultura local y constatación de su estancia en un lugar. Por el contrario, es el turismo el que induce a los nativos a elaborar suvenires con arreglo a las visiones estereotipadas, previamente establecidas, de la cultura nativa. De esta forma, el turista satisface su demanda, no la de la cultura local que visita sino de ésta tal y como la percibe y le gusta consumirla. Por ello mismo, el suvenir dice más sobre el turista que sobre la cultura del lugar a la que supuestamente representa. De esta forma, una colección de suvenires no es, en último término, otra cosa que una colección de turistas.

La exposición que se podía ver en Barcelona en el DHUB más que una exposición de suvenires más comunes llegó a ser un estudio sociológico turístico. El discurso narrativo sobre los suvenires en esta exposición parte de su efecto fetichista. Sabemos que un fetiche es un objeto sobre el que depositamos expectativas más allá de sus cualidades físicas, como los fetiches religiosos. Los suvenires actúan como elementos simbólicos de los lugares turísticos.

(Video de la presentación de la exposición: exposición de suvenires)

El segundo mecanismo  necesario para entender los suvenires es la nostalgia. La experiencia turística es, por definición, una experiencia efímera: El turista sabe que su tránsito por el espacio de visita es fugaz. Por eso, los suvenires son un vano esfuerzo por arrancar un pedazo del período extraordinario del viaje, para poderlo llevar hasta el hogar. Los suvenires también son una evocación de los orígenes, tanto como una forma de anticipación. De esta forma, las guías de actúan a la vez como un antecedente de la visita como un recordatorio.

Hay una reflexión sobre los metasuvenires, aquellos objetos que adoptan algunos de los elementos simbólicos de los suvenires desde una perspectiva crítica. Según el comisario de la muestra, Òscar Guayabero, “el suvenir dice mucho más del turista que lo compra que de la ciudad que lo vende”, aunque también son una especie de ‘médium’ para recordar “experiencias extraordinarias, siempre agradables, vividas durante un viaje”.

Fuentes de información:

http://clan-destinos.com/2009/11/01/efecto-souvenir/

http://www.museosdetenerife.org/eve_articulo.php?ID=1546&al_id_mus=5

http://www.curiosite.es/scripts/news/esnews.php?frmIdPagina=10230

http://www.dhub-bcn.cat/es/agenda/fitxa/13

http://www.tribunalatina.com/es/Viewer_100_1columna.php?IDN=19638

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El suvenir como obra de arte I

Mayo 31st, 2010

He dedicado los posts anteriores a la explicación y razonamiento del diseño de los suvenires y su existencia en la sociedad, este post se centrará en un artista que a partir de los suvenires más comunes de varias ciudades crea una imagen superponiendo lo ficticio con la realidad. El suvenir se integra en la imagen y se crea una unión entre lo turístico consumista y lo cultural. Michael Hughes, fotógrafo, comenta que intenta “comprar los suvenires más habituales, los que más se venden en el mercado, no me informo antes, sólo observo lo que compra la gente y luego lo selecciono para la fotografía.” Es la reproducción del monumento típico culturalmente conocido substituido por lo barato de un suvenir que crea un contraste entre lo protegido y lo comercialmente vendido. Su primera fotografía la realizó en 1998, durante un viaje a NY, estaba tomando un café en una taza de cartón en el ferry de Staaten Island. Mientras observaba la Estatua de la Libertad se dio cuenta de que su taza llevaba impresa un dibujo del monumento, y se le ocurrió hacer una foto de ella, colocando el monumento pintado sobre el real.

En sus fotografías el suvenir se funde con el fondo creando una imagen cómica: un estuche de plástico con forma de autobús que recorre las calles de Londres, una niña comiéndose un helado con forma de torre de Pisa o un dromedario de peluche paseándose por los alrededores de las pirámides en El Cairo. Hughes reproduce la realidad para que los mismos suvenires que se coleccionan y después de unos años se llegan a tirar, formen parte de un recuerdo aún más intenso, es el hecho de combinar dos medios (la fotografía y el consumismo) para crear un suvenir único.

M. Hughes eleva el suvenir a un nivel de arte, crea una imagen errónea del lugar imponiendo lo comercial sobre el original. La gente que lo contempla se sentirá reflejada en ella, ya que el suvenir tiene la potencia de hacer recordar y revivir los momentos e experiencias olvidadas de unas vacaciones.

Fuentes de información:

http://www.geekool.com/426-Los_souvenirs_de_Michael_Hughes.htm

http://worldjumper.blogspot.com/2009/08/souvenir-landmarks-by-michael-hughes.html

http://www.flickr.com/photos/michael_hughes/sets/346406/

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El diseño de los suvenires

Mayo 24th, 2010

En la economía postindustrial, la cultura es lo que constituye la columna vertebral para el desarrollo económico estratégico. La mayoría de los países desarrollados han sido testigos de un cambio de orientación económica de la manufactura (basada en la producción) a las industrias (basadas en el conocimiento como el software, las telecomunicaciones, el entretenimiento y el turismo.). Se prevé que la cultura se convertirá en la industria mundial más potente. En la última década del siglo XX, las exportaciones de la cultura Americana, como las películas populares, música e información, constituyen una gran parte de nuestro bienestar económico. De parques temáticos a las tiendas del museo, hay una dirección del mercado para satisfacer una demanda pública en el mundo de la mercancía relacionada con la cultura.

Se podría argumentar que el diseño como una disciplina, se tendría que relacionar con el mundo entero. Y si el mundo está cambiando, también lo debería el diseño. Desde la propagación de la Revolución Industrial, el diseño ha interiorizado el siglo influenciando la economía, tecnología y la sociedad. Todo el vocabulario del lenguaje de diseño refleja esto: Hablamos de practicidad, relación coste-eficacia, los nuevos materiales y procesos de fabricación, y el beneficio humano. Un buen diseño es a menudo sinónimo de diseño que “funciona.” Objetos no funcionales, por el contrario, son automáticamente expulsados del campo. Tal punto de vista, sin embargo, ya no podrá ser suficiente. En un nuevo mundo donde la cultura se ha convertido en un factor determinante, el diseño tendrá que encontrar un nuevo paradigma, un modo diferente de “trabajar”-uno menos basada en el rendimiento y más en la comunicación, la emoción y alegría.

En este sentido, vale la pena mirar en el sector de los suvenires. Estos objetos representan una parte importante de la cultura material de nuestra civilización. Se pueden encontrar en todos los hogares, independientemente de la condición económica o social de una persona, y pueden ser tan diferentes como una canica en miniatura, la Torre de Pisa inclinada y un mono hecho de cocos. No es sorprendente que la venta de recuerdos asciende a los grandes negocios-más de $ 20 mil millones al año en los Estados Unidos. Sin embargo, todo el fenómeno del suvenir es en gran medida excluido de la alta cultura del diseño y completamente ignorado por los profesionales del diseño. Si aceptamos que el diseño es una forma de comunicar ideas, entonces los suvenires son, por excelencia, objetos de diseño. Pueden llevar complejas capas de información, de mensajes “programados” hasta los sentimientos personales.

Beverly Gordon, profesor de estudios ambientales en la Universidad de Wisconsin, hace una distinción entre los suvenires y los recuerdos: Los primeros se producen comercialmente, universalmente reconocidos, objetos comprados, el segundo son objetos individuales encontrados o guardados que tienen un significado más profundo y personal. Es la primera categoría que ofrece un interesante caso de estudio para los diseñadores de productos. Un suvenir es fabricado para servir como un recordatorio (la palabra, en francés, significa “para recordar”) de una experiencia no ordinaria, lugar o cultura. El objeto funciona metonímicamente, como una parte o un fragmento más grande que evoca lugares y eventos. Su parcialidad, sin embargo, está siempre complementada por una narrativa personal o un recuerdo. Lo atractivo de los suvenires se fundamenta precisamente en esta combinación de objetos materiales e inmateriales, el sentimiento fugaz. A diferencia de muchos productos o equipos “serios”, el suvenir siempre contiene un valor emocional, como un recuerdo de un viaje pasado o el afecto de un amigo lejano.

Una vez en Nueva York, visité un apartamento de dos ancianos sobrevivientes del Holocausto. Se encontraron en Europa poco después la Liberación, y pronto se casaron, pero no podían concebir un hijo, la salud de la mujer estada seriamente dañada tras años en el campamento. Un día, él le dio un pequeño oso de juguete, un recuerdo conmovedor de la familia que nunca iban a tener. La recolecta y el regalando de estos osos se ha convertido en la tradición de toda su vida. Con el tiempo, su espacioso departamento se convirtió en el hogar de más de mil osos de todos los materiales imaginables, tamaño y aspecto. Estos no son objetos funcionales o útiles, y la mayoría de ellos tienen poco o ningún “valor artístico”. Pero, ¿cómo es posible no tomar en serio esta colección, de no tratarlo con buen afecto y respeto?

La actitud de los ciudadanos hacia los suvenires, sin embargo, se puede describir mejor como una relación de amor-odio. Todo el mundo los tiene y los compra, pero son despedidos con facilidad y tirados. Los diseñadores son los más críticos, relegando al instante estos recuerdos como kitsch, pero siempre se pueden encontrar en las propias casas de diseñadores. A menudo, tratan de encontrar la más hortera, los recuerdos más extravagantes posibles para llevar a casa para diversión de sus compañeros. ¿Cómo es que una estupidez y mal gusto prevalece -e incluso se aprecia- en este género de producto?

De acuerdo con Beverly Gordon, estos objetos ayudan a lograr una “inversión de lo común”-al igual que cuando la diversión y recreación sustituyen brevemente las realidades de la vida cotidiana. Cuando en vacaciones, la gente tiende a ir a los extremos de buen gusto, gastando dinero en lo extraño, caprichoso, elementos funcionales, precisamente porque no lo haría en su existencia diaria. En este sentido, un recuerdo emocional, accesible, de diseño curioso es esencial para asegurar su buen funcionamiento. “La inversión de lo ordinario” suvenires ponen en oposición a los objetos del “buen” diseño, con su característica para la utilidad, seriedad y valor. En cambio, los recuerdos ofrecen la opción de diferentes actitudes y la estética-para las personas que son, al menos temporalmente, imprácticos, serios o ahorrativo.

Tradicionalmente, los suvenires se fabricaban exclusivamente para el mercado turístico. Pero en un nuevo mundo que se hace cada vez más pequeño-como la movilidad de la población aumenta de manera exponencial,- recuerdos, en una forma diferente, se encuentran entre los pocos objetos de casa que pueden acompañar a una persona a un país extranjero. Suvenires, entonces, tienen el potencial de transformarse en un producto de consumo superfluo a un objeto de supervivencia emocional. En lugar de un cliché turístico, un suvenir puede servir como una representación orgullosa de la identidad cultural de una persona. Piense en todos esos recuerdos que los taxistas multinacionales de Nueva York muestran en sus coches. A raíz de los sucesos del 11 de septiembre, muchas tiendas étnicas de Nueva York colocaron banderas estadounidenses y recuerdos junto a símbolos de su propia cultura como un mensaje de paz y entendimiento. En un mundo dividido a lo largo de las líneas de la cultura, estos objetos- símbolos ya no pueden ser marginados. Casi siempre, se diseñan los suvenires de forma anónima - ningún diseñador conocido, al parecer, adjuntaría su nombre a uno. Y rara vez en una escuela de diseño piden de diseñar un nuevo suvenir. Así que ha habido poco progreso en este género, todos los movimientos de diseño de las últimas décadas simplemente han pasado. Sin embargo, espero que estas actitudes cambien. El mundo necesita nuevos suvenires - por el bien de la cultura.

http://design.schoolofvisualarts.edu/souvenir/on-souvenirs.html

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el ¿Por qué? de los suvenires

Mayo 21st, 2010

 

Los más ubicuos objetos del consumo turístico, los souvenirs, esconden una poderosa carga simbólica tras su aparente banalidad. Estos artefactos que pululan en todos los paisajes y escenarios turísticos, de muy distinta naturaleza en materiales y una enorme variedad de contenidos y estilos, han ocupado sin embargo un lugar marginal en las agendas de los estudiosos del turismo. Por lo general, su interés se ha reducido a señalar su importancia en tanto indicador del comercio turístico. Pero los souvenirs son, si cabe, más interesantes como materialización de la naturaleza y subjetividad del turista. Por un lado, constituyen metonimias de pasados y lugares distantes y, por otro, metáforas de narrativas personales y colectivas de viaje y apropiación cultural. Se incrustan de pleno en los procesos de formación de las identidades sociales y culturales, involucrados en nuestras memorias de lugares, gentes y cosas, y adquiriendo diferentes “regímenes de valor” en función de sus poseedores. Pero, en el fondo, la materialidad de los souvenirs remite, ineludiblemente, a la imposibilidad para el turista de escapar a la permanente oscilación entre la seducción de lo exótico y las pulsiones de posesión y apropiación del Otro y, en el otro extremo, a la nostalgia por su muerte y desaparición.

 

 

A pesar de su omnipresencia, nadie repara, o quiere reparar, en él. Quizá porque el souvenir es la encarnación del “gasto improductivo”, del gasto inútil, del despilfarro. Seguimos sin atender la penetrante observación de Bataille de que el “gasto improductivo” es la razón principal de la economía, siendo incapaces de asumir la contumaz presencia de la “parte maldita”. En la parafernalia del consumo turístico, en ese reino de lo kitsch y la baratija, las artesanías parecen encarnar vestigios de tiempos pasados que se resisten a la degradación impuesta por la industria turística. Pero la tradición olvida que pende del turismo, y el turismo olvida que su fascinación por la tradición tiene su origen en una apropiación. En esa amnesia, la artesanía convertida en souvenir y el patrimonio cultural en recurso turístico, crean un pasado que nunca fue presente, una realidad ilusoria que cobra una paradójica existencia en la materialidad del souvenir. Pero como en todo acto de recordar siempre hay una adecuación del pasado al presente, los modernos creemos que hubo una época con tradiciones genuinas y artesanías auténticas que, perdidas, las buscamos hoy en otros lugares y en objetos que no poseemos.

 

Pero tradiciones genuinas y artesanías auténticas no son sino oxímoros y, desde luego, no son anteriores al consumo turístico. La tradición no representa el pasado y el turismo el presente; no responden a una sucesión cronológica en la historia. Una y otro son, antes y ahora, constitutivos del conglomerado cultural del capitalismo. No hay tradición sin modernidad, ni artesanía sin turismo. Y esta inmanencia es la que está contenida en el souvenir, dentro mismo de su provocadora futilidad.

 

El souvenir es, sin duda, el principal resorte económico y simbólico del turismo, pero eso no puede camuflar su insidiosa condición de objeto banal. Por eso, ocuparse del souvenir no ha de consistir en su elevación, por encima de la banalidad, hasta convertirlo en algo “serio”, sino aceptar que la banalidad es una condición de nuestra actual existencia, lo que sí que es una cosa muy seria. Que los turistas del “alto capital cultural”, en un alarde de cinismo cultural, compren una hortera torre eiffel fosforescente no convierte a la baratija en algo serio, pero sí nos obliga a tomar en serio estas nuevas formas de consumo.

 

El souvenir, que para Walter Benjamin es lo que la modernidad hace de la mercancía, es emblemático del extrañamiento o alienación del mundo y del deseo de auténtica presencia que caracteriza al sujeto moderno. Cercano al fetiche y al regalo en sus camuflajes de las relaciones sociales y económicas, el souvenir es la forma de mercancía que más efectivamente niega su estatus como tal mercancía; es un objeto que proclama su carácter único y exclusivo -incluso si es producido en masa- a través de narrativas de una producción auténtica y de las historias personales de su adquisición. El souvenir, un insignificante vestigio de algo o de algún lugar, es insustancial -un recuerdo, una memoria- al tiempo que material -muestra de algo que recuerda a una persona, lugar o evento-. Hace presente algo que está ausente, efectúa la sistemática transformación del objeto en su propia imposibilidad.

 

Susan Stewart, en una de las más agudas interpretaciones del souvenir, reveló algo básico del consumo turístico, en el que el trabajo se torna en abstracción, la naturaleza en arte, y la historia en naturaleza muerta. Las bolas de nieve, los más populares de los souvenirs, condensan este sutil mecanismo. En ellas se eterniza un ambiente, cerrándolo a la posibilidad de la experiencia vivida. En su ingenua presencia niegan el momento de la muerte imponiendo la estasis de una muerte eterna.

 

El turista, que no quiere saber nada de los impactos del turismo, anhela disfrutar de los lugares, las gentes y las cosas tal y como eran antes de la llegada del turismo. Para lograrlo, para que la nostalgia sea satisfecha, todo tiene que ser reducido a la ficción. De ahí la tendencia a la miniaturización en el “arte turístico”. En la miniatura -un mundo encerrado dentro de otro mundo- desaparecen mágicamente el trabajo y el sufrimiento humanos; cualquier cosa se convierte en un juguete, en un objeto infantil. Y, además, ocupa poco sitio en la maleta.

 

En cualquier caso, parece innegable que los souvenirs hacen tangibles las experiencias intangibles del viaje. La materialidad del souvenir contribuye a definir y localizar en un tiempo y espacio ordinarios -al regresar a casa y al trabajo- una experiencia efímera vivida en un tiempo extraordinario. Así, en el consumo turístico el turista no sólo se limita a adquirir souvenirs, sino también es agente antes y después de la compra, influyendo en su diseño y asignándole significado. Por esta razón, el souvenir nos dice más del turista que del lugar al que supuestamente representa. No estamos ante turistas que se llevan consigo distintos tipos de souvenirs; tenemos souvenirs que encapsulan las subjetividades, los sentimientos, las emociones de diferentes tipos de turistas. Comprando el souvenir el turista satisface su demanda, no de la cultura local, sino de la cultura local tal y como él la percibe. Así, una colección de souvenirs no constituiría nunca una colección de objetos de otros lugares y culturas, sino justamente una colección de turistas.

 

Ciertamente, todo parece indicar que el turista es uno de los principales actores de la sociedad contemporánea y que el souvenir es su correlato material más prominente. Pero quizá sea al revés, quizá sea el souvenir -como uno de los principales actores del consumo turístico- el que constituya al turista que lo compra y lo consume.

 

(artículo ‘Souvenirs’ y turistas - FERNANDO ESTÉVEZ GONZÁLEZ

http://www.elpais.com/articulo/arte/Souvenirs/turistas/)

2010_marion frei 2010

Un suvenir, un recuerdo, un valor

Mayo 21st, 2010

Cuando voy caminando por las ramblas siempre pienso que es patético comprarse una mini estatua de Colón o de la sagrada familia, pero al final al ir de vacaciones las pequeñas tonterías típicas son las que más llaman la atención para tener un recuerdo del sitio. ¿Estás estatuas, camisetas, sombreros, llaveros, etc. realmente representan a un país, o simplemente es una ilusión que nos hacemos nosotros para tener un recuerdo de estas vacaciones?

Quiero analizar el fenómeno del valor sentimental que le podemos llegar a dar a un objeto que tiene tan poco valor económico pero tanto valor sentimental. Sería interesante ver como un objeto se convierte en símbolo de un país o una ciudad (sombrero mexicano en Barcelona) sin tener relación con el país en cuestión.

Será interesante ver como estos objetos han llegado a tener valor de arte al elevarlos de nivel y exponerlos en museos, como empezó todo este fanatismo, casi deber de comprar suvenires, analizaré un fotógrafo (Michael Hughes) que sobrepone la realidad con el suvenir, y muchos más detalles que sorprenderán de un simple objeto como es un suvenir.

Antes de empezar, vamos a familiarizarnos con el término suvenir:

Un souvenir, suvenir o recuerdo (del francés souvenir: ‘objeto que sirve como recuerdo de la visita a un lugar’), es un objeto que atesora a las memorias que están relacionadas a él. Esto es análogo a la explotación psicológica del condicionamiento clásico. Por ejemplo, si un viajero compra un souvenir en unas vacaciones memorables, él o ella asociarán muy probablemente el souvenir a las vacaciones. Recordará ese momento especial cada vez que él o ella miren el recuerdo.

El término se utiliza para los artículos traídos al hogar de lugares turísticos. Tales artículos están marcados a veces o grabados para indicar que su valor es sentimental más que práctico.

Los viajeros compran a menudo souvenires como regalos para sus seres queridos. Esto es común en muchas culturas. En Camerún, por ejemplo, la idea es que alguien que puede permitirse viajar puede también permitirse traer algo (cadeau) para los que no puedan. El pan francés es un cadeau particularmente popular. En Japón, a estos recuerdos se les conoce como omiyage y se compran para ser compartidos con los compañeros de trabajo y con familiares. Las ventas del Omiyage se han vuelto un gran negocio en los sitios turísticos del Japón. En muchas estaciones de tren y aeropuertos venden estos regalos a modo que los viajeros puedan comprar un omiyage de última hora antes de volver a casa.

Los souvenires pueden incluir artículos caseros como por ejemplo; Edificios Souvenir, tazas, postales, ceniceros, libretas, camisetas, sombreros entre muchos otros.

(http://es.wikipedia.org/wiki/Souvenir)

 

 

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