Para Luis Felipe Noé, Greco era tanto un farsante como un ángel liberador de los prejuicios de una sociedad cerrada y pacata. Era un farsante porque “sentía la vida como una gran farsa en la que un día es algo que al día siguiente está lejos de serlo”. Sus gestos provocadores lo constituían como un héroe que intentaba liberar al hombre de la formalidad vacua. Greco vivía en conflicto porque al generar la provocación era acusado de farsante, se convertía en un factor irritante y se volvían contra él los artistas, críticos y público. Pero el provocador, en un gesto heroico, persigue justamente el rechazo, al tiempo que esconde su voluntad de dominio al pretender abrazar al otro en su reacción, allí cuando el mundo se le vuelve en contra.
Así, Greco podría encarnar la figura del último héroe moderno, recordando a Baudelaire; ambos, sobre el trasfondo de una multitud parisina suspirante y lánguida se destacan y nacen a partir de una identidad construida sobre el conflicto. Baudelaire escribirá sobre las contradicciones de lo moderno, sobre las peripecias cotidianas que suceden en los cafés de París, en las tabernas y en la calle; Greco ya no representará este mundo, sino que se dedicará a presentarlo, a encerrarlo en un círculo de tiza, allí cuando las palabras o las formas se declaran infieles al suceso, allí cuando el mundo comienza a cerrarse al signo.
Greco podrá asumir las mil caras del héroe; será flâneur, apache, trapero, dandy y cualquier otro porque, tal como lo entendía Walter Benjamin, “la heroicidad moderna se acredita como un drama en el que el papel de héroe está siempre disponible”. Será flâneur al vagabundear por la ciudad, el bulevar será su vivienda, “estará en su casa entre fachadas, al igual que el burgués entre cuatro paredes”. Se convertirá en un observador mudo y extrañado, esperando al acecho de un acontecimiento o una persona que pueda ser rescatada del continuum suceder de la calle. Greco será también apache, en tanto abjurará de las virtudes y de las leyes, rescindirá el contrato social y construirá su existencia separada del burgués, al que mirará extrañado. Será trapero al rescatar lo que la ciudad arroja a la calle, lo que la ciudad pierde, todo lo que desprecia; y hará de esos troncos quemados, esas chapas oxidadas y tomadas de la oscuridad, una obra. Para Baudelaire, la actividad del trapero es similar a la del poeta, quien “aparta las cosas, lleva a cabo una selección acertada, se porta como un tacaño con su tesoro y se detiene en los escombros que entre las mandíbulas de la diosa industria adoptarán la forma de cosas útiles y agradables”. Desde la escoria son elevados los objetos al estatus de arte, así como los transeúntes son señalados como obra. Se preguntará Benjamin entonces si no es más bien héroe el poeta que edifica su obra con esa materia; y se responde que es así como lo concede la teoría de lo moderno. Baudelaire descubre que el aura de la pureza y de la sacralidad artística es solamente incidental, no esencial para el arte, y que para la poesía puede darse igual de bien, y quizá mejor, al otro lado del bulevar, en esos lugares bajos, poco poéticos. Esta es una de las paradojas de la modernidad que descubre Berman en la obra de Baudelaire: los artistas son más profunda y auténticamente poéticos al hacerse más parecidos a los hombres corrientes. Greco no había leído a Berman, sin embargo, también habitaba en esta paradoja; “vivo con el pueblo que es con el único que siento que respiro”, escribía.Y por último, Greco también será un dandy, que coqueteará con la elite burguesa, pasando muchas veces de la miseria y sordidez al halago de las sociedades más cerradas, como lo recuerda Noé. He aquí otra paradoja: era la misma elite la víctima de su arte y la que lo erigía como ángel liberador.

Pero ¿cómo se puede encarnar a un trapero y a un dandy al mismo tiempo? Las dos imágenes pueden residir juntas y en conflicto, porque esta contradicción es la contradicción inherente a la esencia de lo moderno. Greco, al igual que Baudelaire, estaba encandilado por “la pompa de la vida”, por un lado; y al mismo tiempo despreciaba el éxito y la notoriedad. No era el único que yacía en esta contradicción. Benjamin, en sus escritos sobre Baudelaire y París también es víctima de este dualismo. Berman observa que “su corazón y su sensibilidad lo arrastran irresistiblemente hacia las brillantes luces, las hermosas mujeres, la moda, el lujo de la ciudad, su juego de deslumbrantes superficies y escenas radiantes; mientras tanto, su conciencia marxista le arranca insistentemente de esas tentaciones, le dice que todo este mundo refulgente es decadente, hueco, vicioso, espiritualmente vacío, opresivo para el proletariado, condenado por la historia”. Más allá de Greco, la vanguardia argentina de los sesenta tampoco estaría exenta de este rasgo moderno, quedando atrapada entre su necesidad de enfrentar al sistema y el deseo de lograr éxito y reconocimiento. Noé confesará años más tarde que él y su grupo intentaban tener éxito con el mismo público al cual agredían.

Así, Greco librará una lucha callejera contra los fantasmas modernos, pero en una calle ya transformada por la posmodernidad, lo cual le exigirá tomar otras armas. Se alejará del signo, de la representación, y se apertrechará, con sus contradicciones y paradojas, en la fugacidad del instante, con la modesta intención de encerrar lo real.
2010sergimarot General